Cuando el cuerpo irrumpe: conciencia, propiocepción y crisis de pánico
Sobre las crisis de pánico y la alteración de la propiocepción
Cristián Bucarey
2/4/20264 min read


Hay momentos en que la vida cotidiana se interrumpe bruscamente. No por un acontecimiento externo evidente, sino por algo que parece surgir desde adentro: el corazón se acelera, la respiración se vuelve corta, el pecho se aprieta. La persona dice: “algo me está pasando”. Y en esa frase ya se anuncia el núcleo de la crisis de pánico: una irrupción de la experiencia corporal que desborda la narrativa habitual del sí mismo.
Desde una perspectiva postracionalista, inspirada en Vittorio Guidano, la identidad no es un objeto fijo, sino un proceso continuo de autoorganización. Vivimos narrándonos, dándonos coherencia, manteniendo una cierta continuidad entre lo que sentimos y lo que creemos ser. Cuando esa coherencia se ve tensionada, el sistema entero —cognitivo, emocional y corporal— intenta reorganizarse.
La crisis de pánico no aparece en el vacío. Suele gestarse en una experiencia previa de constricción psicológica: una sensación de estar atrapado en un rol, en una expectativa, en una relación, en una exigencia interna imposible de sostener. Esa constricción no siempre es consciente. A veces la persona puede funcionar eficazmente durante años, manteniendo una narrativa de control, responsabilidad o autosuficiencia. Pero algo comienza a tensarse por dentro.
Aquí es útil introducir el concepto de aumento de conciencia. Cuando la persona empieza a percibir más intensamente aspectos de sí misma que antes permanecían en segundo plano —dudas, ambivalencias, rabias contenidas, deseos no reconocidos— se produce un desajuste. La identidad narrativa no logra integrar de inmediato esa nueva información emocional. Y entonces el cuerpo habla.
La propiocepción —esa capacidad de sentir el propio cuerpo desde adentro— se vuelve protagonista. El latido cardíaco, la presión en el pecho, el movimiento del aire en la garganta, sensaciones que normalmente operan en la penumbra de la experiencia, pasan al primer plano. Lo que antes era fondo se convierte en figura.
Desde la fenomenología de Martin Heidegger, podríamos decir que la persona deja de estar simplemente “ocupada en el mundo” y queda arrojada a la vivencia desnuda de su ser-ahí. El cuerpo ya no es un medio transparente para estar en el mundo, sino un objeto extraño que irrumpe. El mundo se estrecha, el horizonte se cierra, y aparece la angustia como experiencia de desfundamentación.
La propiocepción se experimenta entonces como amenaza. Pero no porque el cuerpo sea el origen del problema, sino porque se convierte en el escenario donde se dramatiza una tensión emocional previa. El aumento de conciencia no es puramente cognitivo: es una intensificación afectiva. Lo que se vuelve intolerable no es solo el latido acelerado, sino lo que ese latido simboliza: pérdida de control, vulnerabilidad, exposición.
Aquí resulta iluminador el pensamiento narrativo de Paul Ricoeur. Nuestra identidad se sostiene en una historia que nos contamos sobre quiénes somos. Cuando esa historia no logra integrar una emoción emergente —por ejemplo, la rabia hacia alguien amado, el miedo a perder una imagen de fortaleza, la ambivalencia frente a un cambio vital— se produce una ruptura entre la vivencia y la narración. La crisis de pánico puede entenderse como el punto en que el cuerpo irrumpe para señalar esa fisura narrativa.
La sensación de estar “aprisionado” suele ser el primer momento del proceso. Aprisionado en una relación que no se puede abandonar ni transformar; aprisionado en un ideal de sí mismo que no admite fragilidad; aprisionado en una responsabilidad que no deja espacio a la duda. Esa prisión psicológica genera una activación sostenida del sistema emocional. El organismo permanece en alerta, aunque la persona aún no lo nombre como tal.
Cuando la tensión supera cierto umbral, la respuesta fisiológica se desencadena con intensidad: activación simpática, hiperventilación, taquicardia. La persona interpreta esas señales como prueba de que algo grave ocurre. Y así se cierra el círculo: la lectura catastrófica de la propiocepción amplifica la activación corporal, que a su vez confirma la amenaza.
Sin embargo, en el corazón de la crisis siempre hay una emoción. Puede ser miedo a perder el vínculo, rabia no expresada, tristeza acumulada, culpa, o incluso el vértigo de una libertad que asusta. La propiocepción es el mensajero; la emoción es el contenido.
Desde esta mirada, la crisis de pánico no es un error del sistema, sino un intento extremo de reorganización. Es el momento en que la conciencia se amplía más allá de lo tolerable para la narrativa vigente. El trabajo terapéutico no consiste en suprimir la propiocepción, sino en ayudar a la persona a integrar esa experiencia corporal dentro de una historia más amplia y flexible sobre sí misma.
Cuando la persona logra reconocer que aquello que parecía una amenaza fisiológica es también una señal emocional, la prisión comienza a abrirse. El cuerpo deja de ser enemigo y vuelve a ser territorio. La conciencia ampliada ya no desorganiza, sino que transforma.
La crisis de pánico, entonces, puede ser leída no solo como un episodio de descontrol, sino como un punto de inflexión: el instante en que el sí mismo, forzado por la intensidad de su propia experiencia, se ve obligado a narrarse de otra manera.
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